El Hombre Invisible by H. G. Wells

El Hombre Invisible by H. G. Wells

Author:H. G. Wells
Language: es
Format: mobi
Tags: ciencia ficción
Published: 2010-11-25T00:00:00+00:00


El Hombre Invisible duerme

Aunque el Hombre Invisible estaba agotado y herido, se negó a creer en la palabra de Kemp, que le aseguró que su libertad sería respetada. Examinó las dos ventanas del dormitorio, levantó las persianas y abrió las hojas de madera para confirmar la afirmación hecha por Kemp de que, en un momento dado, le sería posible escapar por aquel medio. Afuera, la noche estaba silenciosa y en calma y la luna nueva se escondía en lo alto de la cuesta. Después examinó las llaves de las puertas del dormitorio y de las dos habitaciones contiguas para asegurarse de que también por allí podría escapar. Finalmente quedó satisfecho. Permaneció inmóvil sobre la alfombra, y Kemp oyó el ruido de un bostezo.

—Lamento no poder contarte esta noche todo lo que he hecho —dijo el Hombre Invisible—, pero estoy rendido. Todo esto te parecerá, sin duda, grotesco y horrible, pero créeme, Kemp, a pesar de tus argumentos de esta mañana, la invisibilidad es algo perfectamente posible. He hecho un descubrimiento y pensaba reservármelo. Pero no puedo. Necesito tener un colega. Y tú... ¡Podemos hacer tantas cosas...! Mañana hablaremos. Ahora, Kemp, créeme, o duermo o me muero.

Kemp permaneció en el centro de la habitación contemplando el descabezado batín.

—Supongo que quieres que me vaya —dijo—. Todo esto es increíble. Si ocurrieran muchas cosas como esta, dando un mentís a todas mis ideas preconcebidas, me volvería loco. ¡Pero es realidad...! Bueno, ¿quieres algo más?

—Solo que me desees buenas noches —dijo Griffin.

—Buenas noches —dijo Kemp, estrechando una mano invisible.

Se dirigió en línea recta a la puerta y, de pronto, el batín se acercó a él con rapidez.

—Queda bien entendido —dijo— que no intentarás poner ningún estorbo en mi camino o capturarme; de lo contrario...

Kemp cambió de expresión.

—Creo haberte dado mi palabra —dijo.

Cerró la puerta tras de sí sin hacer ruido e, inmediatamente, oyó que la llave giraba en la cerradura. Después, mientras permanecía con expresión de pasiva estupefacción en el rostro, las rápidas pisadas se acercaron a la puerta de la habitación contigua, que también quedó cerrada con llave. Kemp se golpeó la frente con la palma de la mano. «¿Estoy soñando? ¿Se ha vuelto loco el mundo? ¿O me he vuelto loco yo?». Se echó a reír y tocó con la mano la puerta cerrada.

—¡Arrojado de mi dormitorio por un notorio absurdo! —exclamó.

Se dirigió al primero de los escalones, se volvió y contempló la puerta una vez más.

—Es un hecho real —dijo. Se llevó la mano al cuello ligeramente dolorido—. ¡Un hecho innegable! Pero...

Movió la cabeza, giró sobre sus talones y bajó al piso inferior. Encendió la lámpara del comedor, cogió un puro y comenzó a recorrer la habitación lanzando exclamaciones. De cuando en cuando discutía consigo mismo.

—¡Invisible!

—¿Existe algo que parezca un animal invisible...? En el mar, sí. Miles... Millones. Todas las larvas. Todos los nauplius y tornarias9, todos los seres microscópicos, la medusa. En el mar hay más cosas invisibles que visibles. Nunca se me había ocurrido pensarlo. Y en las aguas estancadas también.



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